En la madrugada del viernes, el cielo de Kabul retumbó con ataques de cazas paquistaníes. Los vecinos del Distrito 6 de la capital se despertaron con el estruendo seco de varias explosiones. Otras ciudades afganas también fueron bombardeadas, incluyendo Kandahar, cuna y bastión histórico del movimiento talibán.

Islamabad sostiene que no hizo más que responder a un ataque previo lanzado desde territorio afgano. Se trata de otro capítulo bélico de una rivalidad histórica. Pero los bombardeos cruzados y el intercambio de artillería ya no son simples escaramuzas fronterizas: es un choque cada vez más frontal que amenaza con desbordarse y convertir un conflicto larvado en una guerra total.

Por la mañana, el ministro de Defensa de Pakistán, Khawaja Asif, se pronunció en la red social X con un mensaje contundente: “Nuestra paciencia se ha acabado. A partir de ahora, estamos en una guerra abierta entre vosotros y nosotros”, escribió.

Todo terminó de estallar en la noche del jueves, cuando el ejército talibán lanzó ataques contra posiciones paquistaníes a lo largo de algunas secciones de su porosa y disputada frontera. Kabul dijo que esos ataques fueron en represalia por un bombardeo por parte de Pakistán que dejó el pasado fin de semana 18 muertos.

La justificación de Pakistán para los fuertes ataques aéreos del viernes bajo la operación Ghazab Lil Haqq, que se puede traducir como “Operación Furia Justa”, radica en una renovada ola de terrorismo que sacude el país.

Un portavoz talibán, Zabihullah Mujahid, acusó al “cobarde ejército paquistaní” de bombardear Kabul y la provincia sudoriental de Paktia y Kandahar. Ambos gobiernos prometieron defender su integridad territorial “a cualquier precio”.

La guerra también alcanzó a las cifras. Islamabad afirmó haber matado a 274 combatientes afganos y más de 500 resultaron heridos. Además, aseguró haber destruido 83 puestos militares y 115 tanques y vehículos blindados. Kabul, por su parte, elevó las pérdidas paquistaníes a 55 soltados (desde Islamabad cifraron en 12 sus soldados muertos en combates transfronterizos) y anunció la captura de posiciones a lo largo de la Línea Durand, la frontera en disputa.

Al Jazeera, que tiene una amplia red de corresponsales desplegada en ambos países, fue testigo de cómo los combates siguieron durante toda la jornada en varios tramos de la frontera. Las fuerzas afganas respondieron al bombardeo de la madrugada con una ofensiva contra centros de mando y bases militares.

Hubo ataques con morteros y drones en tres ciudades de Pakistán. En Bajur, al noroeste, testimonios recogidos por la agencia AP describieron muchos muertos y heridos. “Estábamos cuatro personas en casa y todos resultamos heridos por un proyectil”, declaró un vecino llamado Saddiq Ullah Khan. “Una de mis hermanas también resultó herida, mi cuñada murió y a mi primo también lo mataron”, relató otro testigo.

“Hemos atacado objetivos militares importantes en Pakistán, lanzando operaciones ofensivas a gran escala contra bases e instalaciones militares a lo largo de la Línea Durand. Esto envía el mensaje de que podemos alcanzar sus cuellos”, advirtió el portavoz del gobierno afgano.

La frontera de 2.574 kilómetros entre ambos países fue trazada por el Imperio Británico en 1893 sin tener en cuenta realidades tribales ni étnicas de la zona. Desde entonces, ha sido fuente constante de disputas, especialmente entre las comunidades pastunes (el grupo étnico más grande de Afganistán y de donde proviene la mayoría de los talibán), divididas entre dos Estados. Afganistán nunca reconoció esa línea divisoria. Cada incursión, cada puesto avanzado y cada alambrada reabre una disputa histórica que ningún Gobierno ha logrado cerrar.

“Las fuerzas armadas están decididas a no permitir ninguna amenaza a la seguridad del país”, dijo el viernes el primer ministro paquistaní, Shehbaz Sharif. “No habrá indulgencia en la defensa de la patria, y a cada acto de agresión se le dará una respuesta adecuada”.

La actual escalada tiene un detonante concreto: la actividad del Tehrik-e-Taliban Pakistan (TTP), el grupo insurgente popularmente conocido como los “talibán paquistaníes”, que combate a Islamabad desde 2007 y que mantiene lazos ideológicos con los talibán que gobiernan en Kabul.

Islamabad acusa al TTP de operar desde refugios en Afganistán y de ejecutar, bajo órdenes de líderes escondidos allí, la oleada de atentados que ha sacudido Pakistán en las últimas semanas. El 6 de febrero, un atacante suicida mató al menos a 36 personas en una mezquita chií de Islamabad. Días después, se produjo otro incidente en el que un vehículo cargado de explosivos embistió un puesto de seguridad en la ciudad de Bajaur, matando a 11 soldados y a un niño.

Kabul niega apoyar a los terroristas. Pero la desconfianza es estructural. Desde el regreso de los talibán al poder en Afganistán en 2021, los enfrentamientos se han multiplicado en las regiones fronterizas.

En el terreno diplomático, hubo cruces de llamadas durante todo el viernes. El ministro de Asuntos Exteriores turco, Hakan Fidan, discutió el conflicto entre Afganistán y Pakistán en llamadas separadas con sus homólogos. Ministros y diplomáticos de Arabia Saudí y Qatar también mantuvieron conversaciones con altos funcionarios afganos y paquistaníes. Portavoces de Rusia, China e Irán, actores influyentes en los dos países en conflicto, reclamaron un proceso de diálogo y el retorno a la mesa de negociación para poner fin a los combates.

“Tras la retirada de las fuerzas de la OTAN, se esperaba que prevaleciera la paz en Afganistán y que los talibán se centraran en los intereses del pueblo afgano y la estabilidad regional. Sin embargo, los talibán convirtieron Afganistán en una colonia de la India”, afirmaba en su mensaje en X el ministro de Defensa paquistaní. “Reunieron a terroristas de todo el mundo en Afganistán y comenzaron a exportar terrorismo. Privaron a su propio pueblo de derechos humanos fundamentales. Les arrebataron a las mujeres los derechos que les otorga el islam”.