Fotografía Luis Meraz

En Ciudad Juárez, niñas y niños migrantes cargan con decisiones ajenas: atraviesan riesgos, pérdidas y una vida que comenzó a cambiar antes de que pudieran entenderla

Un reportaje de Alma López

Juárez, la frontera entre México y Estados Unidos, guarda décadas de memoria migrante. Es una ciudad marcada por el tránsito constante: personas que llegaron con la idea de alcanzar el llamado sueño americano y que, al no poder cruzar o ser retornadas, terminaron echando raíces en territorio mexicano.

En 2018, se convirtió en uno de los principales puntos de llegada de las caravanas migrantes. Familias enteras, provenientes sobre todo de Centroamérica, comenzaron a concentrarse en esta localidad. La capacidad de respuesta no fue suficiente; hubo que improvisar espacios, multiplicar esfuerzos, aprender a adaptarse a una realidad que rebasaba cualquier previsión.

Pero esta no es otra historia de migrantes. Al menos, no de los adultos; este es el contexto, retos y encuentros que tienen las infancias al ser obligadas a dejar su hogar y atravesar países enteros, sin comprender del todo lo que ocurre. Niñas y niños cuyos derechos no siempre se han preservado en el camino, que terminan adaptándose a ciudades desconocidas, enfrentando discriminación, choques culturales y falta de garantías.

En sus rostros se revela el peso de un trayecto incierto; viajan de la mano de sus padres o, en muchos casos, completamente solos. Enfrentan la falta de agua y alimento, temperaturas extremas, la ausencia de atención médica y la exposición constante a la violencia y la explotación.

Pocas veces alguien les pregunta qué sienten.

Pocas veces alguien les pregunta si quieren estar ahí.

- visual selection-3

Los números son contundentes:
El Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) en Chihuahua asume la custodia de niñas, niños y adolescentes migrantes no acompañados. Tan solo en 2025, 1 478 menores viajaron solos en el estado, sin padres ni tutores, aunque la cifra representa una disminución respecto a 2024, cuando se registraron 5 313 casos.

Mamá, ¿por qué estamos aquí?

En el salón de usos múltiples de la Catedral de Nuestra Señora de Guadalupe, un comedor comunitario ofrece alimento a quienes llegan con lo mínimo.

Ahí está Nadia.

Es originaria de Honduras. En sus brazos sostiene a su hija de tres meses. La mira y sonríe.

“Ella es mexicana, aquí nació”, le dice a esta reportera.

Cuenta que cuando llegó a esta frontera, su hijo mayor tenía cuatro años. Hoy han pasado dos años desde aquel trayecto que todavía recuerda: autobuses, caminatas interminables y ese vértigo de subir a “La Bestia”.

“Caminamos bajo el sol, bajo la lluvia, con hambre… con todo. A mi esposo le tocó cargar a mi niño mucho tiempo. Cuando había que saltar de vagón en vagón, él cruzaba primero al niño y luego regresaba por mí. Yo no dormía. Pensaba: si me quedo dormida, mi hijo se me cae. Viajamos con tormenta. Yo venía orando, pidiéndole a Dios que parara la lluvia porque ya no podía más, mis pies venían entumecidos”.

Tuvieron que detenerse.

Subir y bajar del tren implica riesgos constantes, pero a veces cambiar de vagón es la única opción. Muchos de esos contenedores están incompletos: dejan ver los rieles, dejan pasar el frío o el calor sin ninguna protección.

Una vez que se sale del país de origen, “nos convertimos en vagabundos”, dice. “Vagabundos a los que nos toca pedir comida en los semáforos o dormir en la calle, donde nos agarre la noche. Es muy difícil, la verdad”. 

El camino enseña, aunque duela, sostiene Nadia: “Viajar en grupo puede ser la diferencia entre seguir o perderlo todo”.

A su familia le costó caro no hacerlo.

“Estábamos en Torreón esperando el tren. Para que Migración no nos agarrara, nos metimos en una casa abandonada. Pero ahí nos encerraron con una pistola y nos quitaron todo, no pudimos hacer nada y entregamos lo poco que traíamos”.

Su hijo recuerda esa historia. Pasaron meses antes de que dejara de tener miedo, antes de que dejara de querer correr cada vez que veía a un policía.

Hay días en que persisten las dudas: “Me hace la pregunta de que por qué estamos aquí. Pues yo le digo que es para que tú tengas un futuro. Yo salí por el futuro de mi hijo”.

Un mejor futuro que, no obstante, ha encontrado en esta localidad desde su llegada. Hoy, su hijo tiene mejores oportunidades, como escuela, seguridad y atención médica. Algo que, asegura, no podía garantizar en su país de origen.

El Centro Integral de Atención a Niñas, Niños y Adolescentes Migrantes “Nohemí Álvarez Quillay” (CIANNAM) en Ciudad Juárez, ubicado en las cercanías de la zona centro, es el primer centro del país especializado en atención a menores migrantes.

Es coordinado por la Subprocuraduría Especializada en Atención a Niñas, Niños y Adolescentes, del DIF Estatal Chihuahua; ahí Gabriela Trejo es jefa de oficina, donde además de su función administrativa busca orientar y acompañar.

Reconoce que, dentro del tránsito migratorio, una de las primeras cosas que se vulneran es la voz de los menores.

Su voz es súper importante. Son niños, niñas, adolescentes… necesitan apoyo. Las situaciones que han vivido son muy fuertes; a veces sienten mucha soledad. Y el simple hecho de sentarte con ellos, de platicar y escuchar sus versiones, es como devolverles esa voz. No es nada más que salgan de su país porque quieren y ya; es mucho más complejo. Hay un trasfondo: por qué salen, por qué, en ocasiones, tienen que viajar solos".

Y es en ese acompañamiento donde las historias comienzan a tomar forma.

Una de ellas es la de José.

Sueño secuestrado

José tiene 17 años, su sueño era reencontrarse con su hermano en Estados Unidos; hoy, en cambio, espera su retorno a Guatemala.

“Le platiqué a mi hermano que quería ir para allá con él y me dijo que estaba bien, me apoyó. Él me arregló todo. Pero lamentablemente ya no se pudo. En un solo día vine aquí a Ciudad Juárez, en avión… contratamos a un coyote".

Al inicio, el viaje parecía sencillo. Las conexiones por avión hacían pensar en un trayecto rápido. Al llegar a la frontera, José tomó un taxi hacia la dirección donde lo contactarían para cruzar a Estados Unidos.

Pero el desenlace fue otro.

Llegaron por él al punto de encuentro, pero el trato no se cumplió. Lo privaron de su libertad durante 10 días, hasta que elementos de la Guardia Nacional y del Ejército Mexicano intervinieron la vivienda donde varios migrantes permanecían secuestrados.

No solo autoridades policiacas han atendido en el entorno fronterizo vulneraciones a derechos de migrantes; también organizaciones donde se reciben y atienden solicitudes de personas en situación de movilidad identifican en su actividad diaria narrativas de quienes atraviesan por problemáticas en su recorrido y estancia.

“A grupos delincuenciales que se dedican a transportar migrantes y a cruzarlos al lado americano se les ha disminuido mucho el negocio, entonces han optado por prácticamente secuestrar migrantes. Autoridades policiacas de los tres órdenes de gobierno han detectado este delito y rescatado a personas privadas de su libertad, entre ellos adultos siempre y, en muchos casos, niños bajo condiciones infrahumanas, maltratados, mal alimentados e incomunicados”, explica Enrique Serrano Escobar, coordinador general del Consejo Estatal de Población (COESPO) del Gobierno del Estado de Chihuahua.

Los sueños de José sufrieron una transformación radical en este viaje:

“La Guardia y los soldados, creo, me trajeron para acá. Ahorita mi sueño es regresar con mi mamá y mi papá; ya mi sueño de llegar con mi hermano a Estados Unidos… ya no”.

En el albergue Nohemí Álvarez Quillay, los menores acceden a acompañamiento legal, atención médica, apoyo psicológico y resguardo temporal, mientras se gestiona su reunificación familiar.

*En el caso de José, ese proceso tomó algunas semanas. El 5 de marzo, finalmente, logró regresar de forma segura con su familia en Guatemala.

Armando Castrellon, jefe del Departamento de Atención de Niñas, Niños y Adolescentes en Contexto de Movilidad del CIANNAM, comparte que se atiende a menores de edad desde los primeros meses de vida hasta los 17 años y que el principal objetivo es buscar la restitución de sus derechos a partir de la reunificación familiar. 

“Hay niños que llegan y de un día para otro se van; otros que, por ser de otros estados o por la situación económica de los papás, a quienes no les es posible viajar a recogerlos, nos ponemos en contacto con otras procuradurías y el trámite a veces tarda hasta tres meses, ese es el tiempo que permanecen aquí aproximadamente”.  

“Entre los meses de enero y febrero, hemos atendido a 114 niñas, niños y adolescentes. Principalmente varones, entre 15 y 17 años, son los que más llegan; del año 2020 al 2025 se atendieron alrededor de 20 mil 101 niños”, comenta Armando Castrellon.

El sacrificio de una madre

Griselda tardó tres meses en llegar a Ciudad Juárez desde Venezuela. No viajó sola: la acompañaban su hija, su hijo y dos de sus hermanos. Hoy, en esta frontera, permanece únicamente con Fermín, su hijo de seis años. A pesar de todo lo vivido, mantiene una convicción que le da sentido a la travesía: que el sacrificio valga la pena para el futuro de su hijo.

“Es muy horrible… muy horrible”, sostiene, “porque en el camino uno mira cosas y se pregunta: ‘¿es la realidad o es un sueño?’. Aunque uno quiera dejar todo eso atrás, es difícil, porque los recuerdos siempre están. La mayoría salimos con nuestros niños… salimos ahora para que ellos tengan un mejor futuro".

Ese “mejor futuro” se va moldeando, muchas veces, en medio de escenas que ningún niño debería presenciar.

La exposición a días enteros de trayecto obligó a Griselda a enfrentar realidades que no imaginaba: personas que se quedaban atrás por el cansancio, la falta de agua o alimento; familias que se fragmentaban en el camino; niños de cinco o seis años de los que nadie sabía si viajaban con sus padres o completamente solos.

Pero hay una imagen que no logra dejar atrás.

“Una muchacha venía con sus dos hermanas y sus tres hijos. Uno de ellos, de 14 años, se quedó ahí. Fue lo más triste que miré: cómo esa madre dejó a ese niño porque se partió una pierna. Y el niño le decía: “‘¡Mamá, váyase… váyase por el futuro de mis hermanos!’”. Eso me partió el alma… ella se veía destrozada. Su hijo quedó ya sin aliento”.

El trayecto terminó por imponerse. Aunque en el camino hubo quienes intentaron ayudar, la fatiga y la falta de atención médica marcaron el desenlace.

Viajar solitos, con todo lo que implica, vencer el miedo y los riesgos del trayecto… de alguna manera los obliga a renunciar a vivir una infancia. Asumen tareas y responsabilidades que no les corresponden. Había hermanitos que venían juntos y el mayor se convertía en papá de los demás. Incluso, aunque no hubiera parentesco, algunos niños asumían ese rol”, refiere Lucía Chavira, directora del DIF Municipal Juárez.

Su testimonio permite dimensionar una realidad que va más allá del desplazamiento físico. La migración no solo mueve cuerpos: también transforma, de manera profunda, las dinámicas de la infancia.

En ese mismo contexto, emerge otro factor que complejiza aún más el trayecto: las deudas y acuerdos que los menores apenas alcanzan a comprender.

“En la mayoría de los casos”, añade Chavira, “les cobraban a las familias por trasladarlos. Muchas veces los padres ya estaban en Estados Unidos, y los niños se quedaban en su país de origen con abuelos o tíos. Para poder reunirlos, la familia tenía que pagar cantidades importantes de dinero”.

Así, entre el testimonio de una madre y la voz de quienes intentan proteger a estos menores, se dibuja una misma línea: la de una infancia que avanza, a la fuerza, por caminos que no eligió.

Y, sin embargo, incluso en medio de esa dureza, la infancia encuentra formas inesperadas de resistir.

Fermín tenía apenas cuatro años durante el viaje. Su manera de recordar el trayecto contrasta con todo lo vivido por su madre.

“Contigo siempre me divertí en el viaje”, le dijo.

La frase, tan simple, abre otra dimensión del fenómeno: mientras los adultos cargan con el peso del riesgo, los niños procesan la experiencia desde lugares que muchas veces los propios adultos no alcanzan a comprender.

Hoy, Griselda suma dos años en esta frontera. Sin documentos ni permisos de trabajo, sus oportunidades laborales son limitadas. Aun así, se mantiene firme: “lo que quiero es sacarlo adelante… que todo lo que vivió valga la pena, que ese sacrificio sirva para que mañana tenga sus estudios y sea un profesional”.

A través de la Subprocuraduría de Protección a Niñas, Niños y Adolescentes, el DIF Estatal canaliza a niñas, niños y adolescentes migrantes no acompañados al Centro de Asistencia Social “México Mi Hogar”, a cargo del DIF Municipal. Tan solo hasta marzo de 2025, 574 menores fueron atendidos en este espacio. Provenían de países como Guatemala, El Salvador, Honduras, Venezuela, Colombia y Costa Rica. En todos los casos, el objetivo fue su reunificación familiar en un tercer país, principalmente Estados Unidos, un proceso que puede tomar entre cinco y siete meses.

Después de recorrer kilómetros hasta alcanzar el desierto del norte, muchos migrantes aún conservaban la esperanza de acceder a Estados Unidos de forma regular. Sin embargo, tras quedar varados por la cancelación del programa de asilo gestionado a través de la aplicación CBP One (un sistema digital implementado por las autoridades estadounidenses para programar solicitudes de asilo en los puentes fronterizos), el 20 de enero de 2025, esa certeza se desdibujó. Algunos optaron por rutas más riesgosas; otros, simplemente, comenzaron a adaptarse a una vida distinta en esta frontera.

Falsa alarma

María salió de Honduras el 23 de noviembre de 2024. Para Navidad, ya pisaba tierra juarense. Viajó acompañada de sus dos nietos y su nuera. Su destino era North Carolina, donde viven sus hijos, quienes habían gestionado una cita a través de CBP One.

Durante un mes, su trayecto fue de camión en camión. A diferencia de otros migrantes, ella avanzaba con una aparente ventaja: tenía una cita confirmada. Había una fecha, una posibilidad concreta.

Pero al llegar a la frontera, esa certeza se rompió.

“Supuestamente nos salió la CBP One la cita, pero cuando llegamos aquí al puente nos dimos cuenta de que, pues nos dieron el permiso de inmigración, pero cuando llegamos al puente no nos llegó el correo, que era falso. Entonces de ahí tuvimos que buscar un albergue y estar ahí por mientras; nos trataron pésimo, pésimo. Y la verdad, éramos como unos esclavos encerrados”.

Sin otra opción, llegaron al albergue Oasis del Migrante.

Ahí, las reglas marcaban el ritmo de los días, aunque muchas veces no fueran comprendidas. Los adultos debían levantarse a las 5:40 de la mañana; los niños no podían dormir más allá de las 7:00 o se quedaban sin desayuno. A esto se sumaba un ambiente de constante advertencia: les decían que, al salir, podían ser interceptados por la policía, deportados o incluso secuestrados.

El encierro, más que protección, se convirtió en otra forma de incertidumbre.

Dos meses fueron suficientes.

María decidió salir en busca de un espacio más seguro. Hoy renta una pequeña vivienda junto a su nuera y sus nietos. A pesar de todo, asegura que los niños han logrado adaptarse con rapidez.

“Nos han ayudado para la escuela. Aquí nos ayudan con comida, con medicina. Vale la pena hacer el sacrificio para que ellos puedan aprender, porque son muy inteligentes; el pequeño tiene cinco y el otro va a cumplir siete. Ellos dicen a veces ‘vámonos para Honduras’; para ellos es bien fácil… cuesta hacerles entender que estamos muy lejos de allá. Pero yo sé que Dios nos tiene aquí con un propósito”.

En esa adaptación forzada, el sentido del viaje se reconfigura. Ya no se trata solo de cruzar, sino de aguantar.

Al pensar en el tiempo que ha permanecido en esta ciudad, María vuelve a lo esencial:

Es por mis nietos… porque ya nosotros caminamos libres. La verdad, sí, con un poco de temor, porque uno nunca deja de tenerlo, pero con la ayuda de Dios, uno sabe que Dios siempre anda cuidándonos en todo momento”.

Entre citas falsas, promesas rotas y nuevas rutinas, la esperanza no desaparece: cambia de forma. Y, como en tantas otras historias, termina por anclarse en lo único que permanece firme: los hijos, los nietos, el futuro que aún no llega, pero que sigue empujando a quedarse.

Juárez ha sido ciudad pionera en servicios educativos para menores en situación de desplazamiento, buscando que su estadía fronteriza permita restituir su acceso a la educación. 

La encargada de la Unidad de Género e Inclusión Educativa Zona Norte de Servicios Educativos, Mónica Holguín Contreras, describe el inicio del proyecto que comenzó en 2023.

“El programa aproximadamente inició con 340 alumnos que fueron inscritos en diferentes escuelas en el ciclo 2023-2024; ahorita tenemos un aumento de 150 alumnos que ya nos da un total de 496 inscritos en nivel básico, están en toda la ciudad, distribuidos desde la zona centro hasta la zona de Las Torres”.

Este año se gradúan 25 alumnos de secundaria pertenecientes a este programa; el reto siguiente es identificar y lograr su transición a la preparatoria, con la finalidad de lograr que la iniciativa tenga funcionalidad desde educación básica hasta media superior y superior.

El otro trayecto: aprender a quedarse

Entre una infancia que logra reconstruirse y otra que se abandona, solo hay un paso a tomar: la decisión de intervenir… 

Dora Elia Espinoza Cota ha dedicado la mayor parte de su vida al servicio docente; es directora de la escuela primaria Ingeniero Pascual Ortiz Rubio, este plantel está ubicado a unas cuadras de la Casa del Migrante

La inclusión de alumnos que desde distintos puntos de la República migraban a Ciudad Juárez era habitual; con la llegada de extranjeros el trato no tendría que ser diferente: los niños merecen ir a la escuela, regresar a su infancia.

En el 2023 se marca la diferencia… 

“A mí siempre me movió saber dónde estaban todos esos niños”.

Sus trayectos a la escuela tenían una constancia: “En la mañana, al mediodía, a la hora que pasara, yo veía a los niños colgados de la malla de alambre de la Casa del Migrante; unos sin camiseta, otros sin peinar, otros arreglados…”.

La idea, en cada recorrido, era cada vez más clara: “Estos niños van a la escuela, van porque van”.

Presentó un proyecto a las autoridades educativas estatales, a la supervisora de zona y al jefe de sector. Socializó la idea, se acercó a las instalaciones de la Casa del Migrante, platicó con los padres de familia y con los maestros de su escuela; la idea era integrar a cerca de 100 niños migrantes al plantel educativo.

La maestra Dora sabía que no era posible voltear a otro lado… “Tenemos espacios, aulas, bancas, todo, ¿por qué no podemos abrigarlos?”.

La idea se convirtió en realidad. El compromiso y amor por la educación fueron más fuertes; la iniciativa trajo de la mano el cambio de rutas, la entrega de uniformes y de útiles escolares.

El ciclo escolar fue totalmente distinto, tuvo un brillo especial: recibió a los niños en situación de movilidad. Niños de distintos países, con distintos acentos e historias en sus corazones, comenzaron a ocupar pupitres con al menos una garantía: la entrega de un documento que certificara su trayecto educativo.

Los retos fueron muchos, la organización múltiple y todos los días se debía dar de alta y de baja a los niños en el sistema de registro estatal. 

“Casi a diario se iban tres, venían cinco… era diario. Los maestros preguntaban: ‘Maestra, ¿cuáles son mis niños?’… Los integraban. Fue algo maravilloso”. 

Dejaron de ser migrantes; fueron alumnos, fueron niños, celebraron fechas que no eran suyas, pero que hicieron propias. Aprendieron palabras nuevas y lograron sentirse aceptados. Continuar su viaje ya no parecía atractivo, habían generado nuevos lazos de la mano del desarrollo escolar. 

Sin embargo, como todo en el tránsito, también eso fue temporal.

“Desaparecieron de la noche a la mañana”

Los niños se fueron; reubicados, trasladados, absorbidos por decisiones que nunca les pertenecieron. El proyecto continuó en otros centros escolares, pero en esta primaria se diluyó entre el silencio institucional.

La experiencia dejó rastros de esperanza, pero también de nostalgia inevitable. Restaurar los derechos de los niños viene de la mano de escuchar y acompañar recuerdos dolorosos:

“Cada una de las historias me partía el alma”, les decía: “espérame tantito, mi amor, espérame tantito”. La maestra volteaba a otro lado y tomaba fuerza para acompañar sus testimonios.

Historias de duelo, de exilio por la inseguridad de su país natal, familia que se quedó en el camino, hambre, miedo. Infancias que llegaron rotas.

Algunos siguieron su camino hacia Estados Unidos, otros se quedaron, otros más se perdieron en la lógica de una migración que rara vez deja huella completa.

La adaptación y el trabajo generaron interés; se realizaron reuniones y mesas de diálogo para entender qué se había hecho y cómo replicarlo. La maestra Dora fue reconocida como pionera de la iniciativa y se convirtió en guía a nivel nacional. 

Se realizó la publicación “Caminos de aprendizaje” con divulgación nacional para el sector educativo; era el reconocimiento y el respeto por decidir actuar.

Pero, para la maestra Dora lo verdaderamente relevante, el punto medular, es pensar en los niños y en la posibilidad de trabajar por ellos: 

“Son niños que necesitan de nosotros, de todos nosotros, y estoy hablando de todos los maestros, de todos los directores, de todas las escuelas; tenemos que entender que la educación es un derecho universal y que tenemos la obligación y el compromiso de responderles. Es tan poco lo que necesitan y sienten que les damos mucho, porque vienen derrotados, con el corazón roto, con el alma vacía y son niños, y a lo mejor podemos reestructurarles esa alma y ese corazón con el amor que ofrecemos”.

Porque en medio del tránsito, de la pérdida y de la espera, hay algo que no debería depender de fronteras ni de políticas: el derecho de un niño a volver a empezar.

*Para protección de las identidades de los protagonistas de este reportaje, personas en tránsito e infancias, los nombres han sido cambiados por petición de las fuentes.