La selección de Italia atraviesa uno de los momentos más críticos de su historia tras quedar fuera de su tercer Mundial consecutivo, una situación inédita para una potencia que presume cuatro títulos.
La eliminación rumbo a 2026 no es un hecho aislado, sino la confirmación de una caída sostenida que arrastra más de una década.
Desde su última participación en Brasil 2014, la “Azzurra” no ha logrado reconstruirse a nivel competitivo, acumulando fracasos en las eliminatorias de Rusia 2018, Qatar 2022 y ahora en el proceso hacia el torneo de Norteamérica.
La más reciente eliminación, consumada en el repechaje, volvió a evidenciar fragilidad en momentos clave y una presión que termina por superar al equipo en instancias decisivas.
Más allá de lo deportivo, el problema apunta a una crisis estructural: dificultades en la formación de talento, poca consolidación de jóvenes y un sistema que ha perdido peso frente a otras potencias europeas.
Incluso con figuras de nivel internacional, el equipo no logra traducir calidad en resultados, reflejando un desgaste profundo en su modelo futbolístico.
El golpe es mayor por el contexto: en un Mundial ampliado a 48 selecciones, la ausencia de Italia confirma que su declive ya no es circunstancial, sino una tendencia que la aleja del protagonismo internacional.
La tetracampeona del mundo, que alguna vez marcó época, hoy enfrenta una realidad incómoda: reconstruirse desde cero para volver a competir entre la élite.
