“Amigos solidarios de Cuba compartieron mensajes para el pueblo cubano en momentos de redoblada amenaza”. Mariana sube el volumen del televisor y escucha en silencio la noticia del día en Cubavisión. Lleva dos semanas sin agua y su hija de dos años come apenas yogur porque para lo demás no alcanza. En la pantalla aparece Michele Curto, miembro del Convoy Nuestra América, una iniciativa internacional impulsada por organizaciones sociales para llevar ayuda humanitaria a la isla. Enfundado en una camiseta blanca en la que se lee “dejen a Cuba respirar”, Curto afirma: “Esto no solo lo hacemos por Cuba, sino por nosotros. Lo hacemos como militantes y seres pensantes”. La mujer, de 30 años, suspira e implora al cielo: “Dios quiera que me llegue algo de esa ayuda, porque falta hace”.
Su pequeña casa es un rincón improvisado de lo que un día fue un almacén en Cerro, un municipio popular de La Habana. En la habitación en la que duerme cuelgan del techo unas sábanas que recogen el agua de lluvia que se cuela entre los huecos del tejado; a veces las usa para lavar los platos. En este municipio, hace un par de días los vecinos bloquearon las calles con troncos de árbol y cubos vacíos en señal de protesta, tras 19 días sin una gota de agua. “Salimos a la calle porque esta situación es imposible”, zanja Mariana. “No lo programamos. Salió una y salieron las demás madres espontáneamente. Ya no podemos más”.
El domingo pasado tenía que llegar un tonel de agua que iba a surtir la cisterna de este solar en el que viven 32 familias. La esperaban, nunca mejor dicho, como agua de mayo. Nunca llegó. Un grupo de mujeres de la zona tomaron la calle con los baldes vacíos y los niños en brazos hasta que hicieron acto de presencia las autoridades. “No nos movimos hasta lograr un acuerdo. Yo se lo dije clarito: que si me llevaban presa, al menos iba a poder ducharme ahí”, ironiza Xiomara, vecina de Mariana.
