A un mes del cierre de la temporada regular de la NBA, una tendencia comienza a consolidarse: los proyectos colectivos pesan cada vez más que las superestrellas individuales.
Durante años la liga se construyó alrededor de grandes figuras y de los llamados Big Three, pero los cambios en el sistema financiero y en el convenio colectivo han empujado a las franquicias a apostar por plantillas profundas, desarrollo interno y planificación a largo plazo.
El ejemplo más claro es el Oklahoma City Thunder, que lidera la Conferencia Oeste con un núcleo joven formado por Shai Gilgeous-Alexander, Jalen Williams y Chet Holmgren. El equipo ha logrado mantenerse competitivo incluso cuando alguno de sus referentes ha estado fuera por lesión, reflejando la importancia de la estructura colectiva.
En contraste, proyectos construidos alrededor de grandes nombres no siempre garantizan éxito inmediato. Un ejemplo es el de Los Angeles Lakers, que pese a contar con figuras como Luka Dončić y LeBron James, todavía busca estabilidad dentro de la conferencia.
Otros equipos también muestran esta evolución. Los San Antonio Spurs desarrollan su futuro alrededor de jóvenes como Victor Wembanyama, mientras que los Detroit Pistons han recuperado competitividad tras apostar por la paciencia en el desarrollo de jugadores como Cade Cunningham.
Otro caso significativo es el de los Boston Celtics, que han mantenido su nivel competitivo incluso en ausencia de su estrella Jayson Tatum, gracias a un sistema donde el protagonismo se distribuye entre varios jugadores.
Este cambio refleja una transformación en la filosofía de la liga: las franquicias buscan construir ecosistemas sólidos más allá de una sola figura, priorizando la química, la profundidad del plantel y la continuidad del proyecto.
En la NBA actual, el éxito ya no depende únicamente de una superestrella capaz de decidir partidos por sí sola, sino de la suma de roles bien definidos y trabajo colectivo.
